Una joven estudiante universitaria de Cali decidió contar con valentía lo que muchos callan por temor y vergüenza. Así transcurre su día con la pesada carga de la anorexia.
5:30 a.m.
Comienza un día común y corriente para mí, una joven aparentemente normal de 18 años, con una vida feliz y plena. O al menos eso es lo que todos piensan.
Me levanto de la cama, me baño, me pongo la ropa interior y llega el primer tormento del día… el desayuno, el conteo de calorías, la elección de la comida, la clasificación de lo que más engorda.
Esta dieta rigurosa sólo encubre una muerte lenta. El llanto. La falta de aceptación. La preocupación. Avena en ayunas, linaza o fruta… La elección es difícil. Lo más sencillo sería tomar un desayuno como lo hacen todos, pero no lo hago porque el miedo que me persigue es constante, es como una sombra que se adhiere a mi cuerpo, a mi mente.
El miedo a subir de peso no me deja tener un desayuno normal, una vida normal. Por fin tomo la decisión de darle a mi cuerpo el primer alimento del día, pero al sentir ese primer bocado de comida en mi boca comienzo a pensar cuáles serán las consecuencia para mi peso.
Tengo hambre, pero puede más el tormento y un profundo remordimiento. Paso el primer bocado pero no dejo de pensar en los kilos que aumentaré y que no me dejarán estar en paz conmigo misma por el resto del día.
6:15 a.m.
Todo empeora. Es el momento de elegir mi ropa. Me miro al espejo en ropa interior y mi desespero aumenta. Pasa el tiempo, y al seguir contemplándome renacen esos pensamientos que se repiten en mi mente una y otra vez. Es un diálogo interior agresivo y desesperado que me dice “no debiste haber comido”.
En ese instante llegan a mi mente momentos de la infancia que me siguen atormentando, las comparaciones con los que tenían un peso más bajo que yo, reflejos de personas famosas que están pasadas de peso, las dietas que he hecho desde los 9 años dirigida por mi madre, que aún hoy me compra un té que supuestamente es natural y ayuda a la pérdida de peso actuando como laxante.
Al mirarte al espejo aparece un arrepentimiento excesivo por lo que acabas de consumir, sientes ganas inconsolables de llorar hasta quedarte dormida y poder olvidar lo gorda que estás… y es allí cuando empieza la ansiedad a subir. Llego a la conclusión de que “no voy a terminar caminando sino rodando”, y empiezo a comparar mi cuerpo con un carro tanque.
Frases como estas no salen de mi cabeza ni un minuto, me torturan, me atormentarán durante el resto del día. Logro, finalmente, llegar a sentirme “cómoda” con la ropa que elijo, y me visto sin dejar de repetirme lo gorda que estoy.
6:45 a.m.
En la maleta, empaco pastas para quemar el doble de las calorías que normalmente se gastarían en una hora de gimnasio y salgo a coger el bus. Durante el trayecto se dispersa un poco del tema alimenticio, hasta que minutos más tarde debo bajarme del bus y enfrentar la vida universitaria en la que no hago más que observar cuerpos de mujeres.
Pienso una y otra vez si terminaré gorda u obesa como esa mujer, o como aquella otra, o me pregunto por qué otras pueden ser delgadas y yo no…. Eso me mortifica a cada minuto, porque a cada minuto debo relacionarme con alguien distinto, con diferente contextura física.
Presto atención en clase, me disperso por ratos, miro de un lado para el otro hasta que comienza la angustia de nuevo.
10:00 a.m.
Mi cuerpo pide comida. Para distraerlo tomo una botella de agua y decido ingerir algo diurético o que ayude al funcionamiento de mi estómago, como la granadilla.
Termina el primer bloque de clase y me dirijo a la rutina de ejercicio que acostumbro practicar dos veces por semana. Tomo mis pastillas antes de hacer ejercicio para perder muchas calorías y así continuar con mi siguiente pesadilla: elalmuerzo.
12:00 m
Elijo bien mis alimentos y en pequeñas porciones, contando harinas, proteínas y vegetales, arroz-carne una vez a la semana y el resto de los días pollo, porque considero que la carne engorda mucho más.
Hay que añadir que no consumo carne de cerdo, sino de res, acompañada con ensalada para no equivocarme con la elección. Pero últimamente prefiero un emparedado vegetariano a la hora del almuerzo.
Comeré una manzana verde a eso de las 5:00 p.m.,y ayunaré hasta el siguiente día, sin que eso me quite de encima el arrepentimiento por haber ingerido alimentos que probablemente me lleven a sentirme tan gorda que caiga en depresión.
3:00 p.m.
Continúo con mis quehaceres pero ese día debo visitar un psicólogo para un trabajo de la Universidad, y decido contarle lo que me pasa. Durante la charla descubro que lo que estoy viviendo no es algo normal que le sucede a todas las jóvenes universitarias, sino, por el contrario, un trastorno alimenticio que me hace pensar en comida el 80% del tiempo.
Le cuento al psicólogo el día normal narrado anteriormente y que finalizaría cuando llegue a mi casa y tome laxantes. No uno, ni dos, mínimo tres para que mi cuerpo se sature y elimine una cantidad considerable de grasa.
Él me dice que la anorexia es una enfermedad que afecta al 12% de la población que no logra satisfacer sus necesidades de alimentación, y se calcula que al menos dos de cada cien adolescentes que tienen suficiente comida sufren anorexia o bulimia.
Me informa que, según un reciente estudio de la Universidad de Antioquia y de la Universidad Nacional de Colombia, mientras la población más vulnerable del país padece o muere de hambre, más de 80.000 jóvenes entre 14 y 19 años sufren anorexia o bulimia.
De todos modos, y según el último Estudio Nacional de Salud Mental, en Colombia la prevalencia en trastornos de alimentación, bulimia o anorexia, es decir, la proporción de individuos que alguna vez en su vida presentaron dichos trastornos, fue de 0,1% y 2,3% respectivamente. Ese estudio señala que, de cada diez personas que han padecido o padecen estos trastornos, tres no logran superar la anorexia y la bulimia.
En esta charla me entero de que los laxantes me están causando problemas digestivos puesto que mi estómago se volvió lento, perezoso, y recuerdo que varios diagnósticos médicos me indicaron que tengo una bacteria que, de no cuidarme y alimentarme correctamente, terminaría alimentando mucho mas la gastritis crónica que tengo y desencadenaría en una úlcera que finalmente terminaría en un cáncer de estómago.
Para esta altura, mis intestinos y mi colon están muy inflamados, por eso me siento aún más gorda, pues mi abdomen tiende a inflarse por los problemas mencionados. Descubro que existen varios tipos de anorexia, y que al parecer padezco la tipo 2.
El psicólogo me cuenta que muchas jóvenes no saben que la tienen por falta de información, y por la poca importancia que en estos momentos se le presta a este trastorno. En Colombia no existen estadísticas recientes sobre la enfermedad, aunque el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Antioquia estimó, para el segundo semestre de 2000, que cerca del 2% de las colombianas estaban afectadas por la anorexia.
Pero lo que hace unos años eran casos aislados, son ahora una tendencia creciente y alarmante en la consulta de psicólogos, médicos psiquiatras, gastroenterólogos, endocrinólogos, pediatras y nutricionistas.
Varias pruebas pilotos hechas en colegios privados por la psiquiatra Nora Elena Bartolini, especialista en trastornos de la alimentación, encontraron que el porcentaje de niñas con anorexia es igual al que existe a nivel mundial, del 1 al 4 %.
Como yo, hay muchas personas que están desinformadas y no saben el riesgo que corren.
7:00 p.m.
Con un poco de tristeza y decaimiento llego a mi casa para la hora más anhelada, el momento de olvidarme de todo, el momento de distraer el hambre y tomarme uno, dos o tres vasos de agua para dispersar la fatiga que siento.
Después llega la hora de dormir, el único momento del día que disfruto plenamente.







Hola soy una chica de 29 años que sufrio principios de anorexia nerviosa. Entonces tenia 15 años. Mis padres me llevaron a una clínica para cojer la enfermedad lo más rapido posible. Y los síntomas estaban claros: Ejercicio excesivo, beber mucha agua, contar todas las calorías, etc…. Para entonces yo practicaba ejercicio, hacía aerobic, gimnasia rítmica,etcc. y todo ello me llevo a una obsesion con el cuerpo. Me cure rapidísimo en menos de 3 meses recupere el peso para que me bajara la menstruacion , ya que se me retiro durante 9 meses. Sabeis lo que me hizo salir de la enfermedad. Mi vida con el deporte. Para mí lo más importante era poder hacer mi ejercicio cada día en el gimnasio y me lo habían quitado porque no tenía el alimento necesario en mi cuerpo y me daba mucha pena destruir todo esto por una cosa que me llevaba a nada claro sino a una posible muerte. Entonces reaccione. Y pensé lo más bonito en esta vida es sentirse libre y sentirnos bien con nosotros mismos. Y lo consegui llevar una dieta equilibrada, sana y poder hacer ejercicio. Creo que el principal problema de los jovenes hoy en día es la falta de información hacia los hábitos saludables de la alimentación. Que significa estar en un porcentaje de grasa y masa muscular adecuados. Creo que es un tema que se debería de informar más en los colegios. Y la importancia de el deporte a todos los niveles. Bueno espero que mi opinion sirva a alguna chica que por alguna razón quiera destruirse a si mísma, y que busque en la ´raíz del problema su baja autoestima. gracias. un saludo.
no te preocupes
¡MAÑANA SERA UN DIA MEJOR!
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tu señor y salvador
no jusgue
solo haslo
0la ami nunka me da hambre bueno si un poko pero kasi no y komo poka komida y e siento llena muy rapido q me pasa tengo anorexia o q
por que no comen